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Sumando esfuerzos
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Roberto Soto González
Director de la FCMC

El último decenio del siglo XX representó para muchos una época de esperanza. El fin del enfrentamiento Este-Oeste hacía presagiar un futuro alentador. Alejadas de la necesidad de reivindicarse a sí mismas, las democracias occidentales podían abrir sus miras y paliar los desaguisados que un enfrentamiento ideológico de casi cincuenta años había causado en nuestro maltrecho planeta. Mientras, el oriente europeo restañaba sus heridas despertando a nuevas democracias tras la caída de su sistema totalitario.

El 11 de septiembre de 2001 las grandes aspiraciones quedaron truncadas, el miedo anuló la razón y la democracia quedó recluida. A los partidarios de la razón única, la suya, les vino dado un nuevo motivo de enfrentamiento. En él estamos todos embarcados, nos guste o no y es que, como alguien dijo “aunque la acción sin reflexión es ciega, la reflexión sin acción es coja”. Las sociedades occidentales han pasado de los momentos iniciales de protesta, a la actitud de “oír, ver y callar”, mientras otros hacen y deshacen a su antojo por omisión de la masa ciudadana.

¿Podríamos hablar, sin embargo, de omisión por frustración? u ¿omisión por desesperación? Porque al final somos cada uno de nosotros y nosotras quienes padecemos las secuelas de esas decisiones y actitudes: encarecimiento de los precios del petróleo y otras materias primas, inestabilidad política y económica en distintas áreas geográficas que hace que sus gentes tengan que emigrar para buscar un futuro, terrorismo internacional, etc. Frente a la masa, surge el individuo, este sí inteligente, que de alguna manera intuye que este no es el camino, o que al menos, éste se está volviendo sinuoso y escarpado, y que en la mejor de las ocasiones se frustra y desespera -en otras pasa directamente-, al no poder canalizar ese sentimiento.

Nuestro tiempo está marcado por la prisa, la religión de mercado, la confusión o falta de liderazgo político y el miedo. La prisa nos impide disfrutar de las cosas realmente importantes. La nueva religión de mercado nos hace buscar la salvación individualmente, olvidando al otro, a través de la posesión sin fin. La gran mayoría de las empresas no tienen en cuenta el mañana con tal de sacar beneficios hoy y toman decisiones, muchas veces no en beneficio del consumidor ni de la sociedad en la que viven, sino en el suyo propio. Los poderes públicos no son ajenos a esta confusión porque las personas que lo conforman viven en la misma sociedad desconcertada por lo que no son ajenos a ella. Por último el miedo, principal instrumento de dominación que siempre ha sido ejercido de unas personas sobre otras por quienes han tenido poder, fuera éste económico, militar o religioso.

"Una democracia sin complejos, basada en la defensa de los derechos humanos que conlleva más deberes que derechos, que se fundamenta en el equilibrio e independencia entre sus diferentes poderes clásicos, pero también entre otros nuevos, como el económico y el mediático"

Las raíces de todo ello son profundas. Sólo algo tanto o más profundo puede ser capaz de enderezar este rumbo. Como la democracia, joven en la historia del hombre, pero un valor en sí misma que debemos redescubrir; y la solidaridad, por lo que tiene de renuncia a uno mismo y que muy al contrario es tan antigua como el hombre. Una democracia sin complejos, basada en la defensa de los derechos humanos que conlleva más deberes que derechos, que se fundamenta en el equilibrio e independencia entre sus diferentes poderes clásicos, pero también entre otros nuevos, como el económico y el mediático, que será tanto más provechosa en la medida que profundicemos en ella y sepamos diferenciar lo que realmente importa de lo que es superfluo. Y qué decir de la solidaridad, verdadero indicador de cohesión y bienestar social, condición necesaria para el desarrollo, cuyos desafíos exceden, con mucho, la capacidad de un solo hombre o mujer.

Si algo nos enseña la evolución es que sólo permanece lo que es útil. Lo que ha hecho a la especie humana llegar hasta aquí es trabajar aquello que le ha permitido vivir más y mejor, con una mayor calidad de vida. No es cierto que cualquier tiempo pasado fuera mejor. En la medida que seamos capaces de crear sistemas de protección social e instituciones que luchen por la dignidad de todos los seres humanos y en la medida que seamos capaces de unir a más hombres y mujeres en esta empresa, seremos capaces de paliar los desmanes de las personas egoístas que acceden al poder, a los diferentes poderes que hoy se ponen en juego y que con sus cortas miras, que no van más allá de sí mismos, ponen trabas a este proceso: construir un mundo mejor para todos y todas.

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03 > Opinión: Cooperación al desarrollo (2/2)

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