
Construcciones de sentido común

En un momento coyuntural en nuestro país de “devastación inmobiliaria”, por lo que afecta a la sostenibilidad ambiental, no voy, precisamente a tratar el asunto de las construcciones del mundo material, el que podemos tocar con nuestras manos. Por el contrario, me gustaría abordar un pequeño esbozo sobre una construcción mental que llevamos con nosotros y que por mera costumbre dejamos de ver; el sentido común. Si esto sirve para sembrar un poco de duda sobre nuestras rígidas concepciones y hacernos un poco más relativistas, es probable que podamos moldear la mirada para ver las cosas desde nuevos puntos de vista. Por ejemplo, ¿es de sentido común comer gusanos?, ¿es de sentido común la poligamia?, ¿es de sentido común hacer vehículos cada vez más potentes cuando cada fin de semana es una tragedia en las carreteras?
La versión más extendida del sentido común se refiere a la “capacidad para juzgar razonablemente las cosas”. Esta definición hace referencia al juicio y la razón, una de las herencias más controvertidas del pensamiento ilustrado del XVIII. De algún modo, somos herederos de conceptos que proceden de esta época como el de progreso, racionalidad, civilización (justo ahora que hablamos de “alianza de civilizaciones” cuando el concepto de civilización hacía referencia al desarrollo tecnológico más que a la idea de cultura), etc. Esta visión del sentido común es etnocéntrica y obsoleta. Como señala el antropólogo Clidford Geertz, el sentido común no procede de una mente libre de prejuicios, sino más bien al contrario de una mente llena de presunciones. Si lo pensamos bien, es en realidad el discurso dominante, o la generalidad de las personas (como indica acertadamente nuestro DRAE) quien construye lo adecuado, lo pertinente, lo lógico, lo práctico. Cada cultura tiene su propio sentido común, éste es universal, pero no único ya que en cada contexto, es diferente. En muchas ocasiones, lo que se produce es una batalla clandestina entre lo hegemónico y lo subalterno, es decir entre quien tiene el poder y quien es “inferior”. Por ejemplo las conductas y pensamientos de las minorías, los desfavorecidos, los diferentes, los inadecuados, los débiles no suelen responder al sentido común.
El sentido común es asistemático. Una prueba clara reposa en la sabiduría popular del refranero que contrapone respuestas ad hoc: “a quien madruga Dios le ayuda” con “no por mucho madrugar amanece más temprano” ó “lo bueno siempre perdura” con “bicho malo nunca muere” y así un largo etcétera. Por fortuna, la ciencia no se rige por él, sino por el método (Galileo, Servet, Darwin, etc.). También comprobamos cómo se basa hipotéticamente en la experiencia y en la madurez, teóricamente la accesibilidad al mismo se produce con el paso del tiempo para todo el mundo. Por este sistema, todo el mundo acabaría comprendiendo que lo normal, lo natural, es comer pan con las comidas, o cenar a las diez de la noche (que se lo pregunten los anglosajones), sin ir más lejos.
La realidad es una construcción social, lo que está establecido es algo compartido por la sociedad con la que convivimos. Pero no es igual en todos los contextos. Este es uno de los problemas que hemos arrastrado como cultura occidental en los últimos quinientos años, que hemos utilizado de forma totalizadora nuestro sentido común, haciendo proselitismo del mismo y acompañándolo de la expansión económica, política y militar. Por eso determinados países apelan al sentido común para justificar guerras a favor de los derechos humanos mientras esos mismos países los violan sistemáticamente o exportan democracias a la vez que recortan derechos civiles de sus propios ciudadanos.
El sentido común oculta la expresión de nuestra ideología. Recordemos que una ideología es una idea utilizada como arma para defender un interés social y que se apoya en la presión moral para su desarrollo. Pero ¿quién define lo que es de interés social o la legitimidad moral de una ideología? Generalmente, se impone la del que más poder es capaz de desarrollar a largo plazo y consecuentemente, refleja un fuerte sociocentrismo (etnocentrismo de nuestra propia sociedad). Los ejemplos en la historia nos llevan desde Mesopotamia, a la colonización española, la Inglaterra Victoriana o en la actualidad a los valores reinantes del made in USA.
Nuestra mirada está teñida, somos sujetos ubicados, o sea, socializados. La supuesta asepsia a la hora de hacer análisis o juicios no existe. Nadamos en el líquido amniótico de la cultura. La objetividad no es tal, tenemos los ojos llenos de lentes. Y esto es importante, porque si no somos capaces de vencer la inercia de nuestro condicionamiento seguiremos cayendo en el estereotipo fácil (“inglés: puntual, francés: chauvinista”). Además, seremos personas fácilmente manipulables por los medios de comunicación, por los discursos demagógicos (“terrorista palestino”, “país incivilizado”, etc.), y lo que es peor, no tendremos una perspectiva crítica frente al lenguaje que si no es capaz de explicar verazmente la realidad, sí contribuye en gran medida a construirla (“invasión de inmigrantes en las costas canarias”, “costumbre atávica”, “secta fundamentalista”, etc.), reproduciendo y retroalimentando lo establecido.
Frente al ropaje del sentido común debemos vestir la túnica del relativismo. (Ojo, los detractores lo confunden con el nihilismo o negación de toda creencia, pero el relativismo es la posición de que los valores y patrones de las culturas son diferentes y merecen respeto). Llegados a este punto creo que se comprende perfectamente que toda descripción es interpretación, es más difícil describir que juzgar (algo que siempre hacemos de forma implícita por todas las razones esgrimidas más arriba). James Peacok es categórico cuando destruye el recurso de los “hechos” que se esgrime dialécticamente para defender una posición: “un hecho es una perspectiva vista desde un marco de referencia”. Y así es, hasta los hechos dependen del ojo con que se miren. No nos queda más remedio que desmitificar entonces el sentido común y adoptar una postura más abierta frente a otras formas de concebir la realidad. Repensar la cultura es un difícil ejercicio, pero nos da la oportunidad de contemplar la vida desde una estimulante panorámica sobre la que solemos pasar como ciegos.
Mientras tanto seguiré recordando el sabor de los suris, deliciosos gusanos grandes que saboreaba bien fritos en el Mercado de Belén de Iquitos en Perú, puro aceite de palmito y aperitivo oficial del lugar, porque ¿es de sentido común comer gusanos?
Pedro Salvador
FCMC

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