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Un cayuco en el televisor
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Vivimos en una sociedad democrática que los ciudadanos hemos convertido en “delegativa” en lugar de conservar la esencia de lo que etimológicamente significa, es decir, en participativa. Y todo porque ello nos resulta mucho más cómodo y se adapta mejor a nuestra forma de vida y las leyes del mercado, incompatibles ya con los tradicionales valores ideológicos de justicia, solidaridad o igualdad, tachados muchas veces como utópicos, como si la utopía no hubiera sido durante siglos el motor de la historia.

cayuco

Pero como habitantes de la aldea global en la que se ha convertido el planeta, la información fluye y de vez en cuando nos asaltan imágenes impactantes de inmigrantes destrozados que día tras día arriban a nuestras costas; y de repente surge lo que se da en llamar “alarma social”, una mezcla de sentimientos entre temor a una invasión de inmigrantes y cierto sentimiento solidario mezclado con lástima. Es entonces cuando la sociedad pide a sus gobernantes que hagan algo, sin pensar que las actitudes personales también son el origen de las desigualdades.

Pero el problema no se soluciona repentinamente con el aumento de ayudas al desarrollo a cambio de compromisos de repatriación, y con patrulleras tratando de evitar el éxodo. El problema es de fondo.

Si analizamos la procedencia de la inmigración subsahariana veremos que sus países son líderes en la lista de pobreza, Senegal ocupa el puesto 157º de clasificación del Índice de Desarrollo Humano, Mauritania el 152º, Guinea Conakry el 156º, Nigeria el 158º, Guinea-Bissau el 172º, y Níger ocupa el último puesto con el 177º, ninguno de ellos supera los 965 € de renta per cápita de Mauritania y se lleva la palma Guinea Bissau con 192€. En esta región se concentra el 20% de la población más pobre del mundo, el número de emergencias alimentarias se ha triplicado en los últimos 20 años, y se calcula que el 32% de la población está desnutrida.

La mayoría de estos países son ribereños del Atlántico, y la pesca  ha sido su fuente  principal de ingresos, una industria que en todo el mundo sobreexplota los caladeros, y aquí o han malvendido sus derechos a países desarrollados (como Senegal a Japón a cambio de dos autopistas) o sufren la pesca pirata por falta de medios para vigilar sus recursos. El resultado es que sus caladeros ya no dan para tanto. ¿No sería mejor que la UE controlara de verdad su flota pesquera haciendo realidad la limitación a 500 CV de potencia máxima en los motores de los barcos de su flota?  ¿No sería mejor colaborar con estos países para ayudar a mantener unos recursos pesqueros de forma sostenible? ¿No es posible lograr acuerdos comerciales para que empresas mixtas exploten estos recursos racionalmente, y den trabajo y riqueza en su país? Y si hablamos de la agricultura, otra forma tradicional de subsistencia, el resultado no es mejor. El sistema de subvenciones provoca que aunque sea más caro producir, por ejemplo, algodón en un país del Norte, éste lo pueda vender más barato que los países del Sur, donde no hay subvenciones que bajen artificialmente los precios. Pero ¿qué político europeo plantea a los agricultores de la UE que prescindan de los subsidios de la PAC o de la exención de impuestos al combustible? Ahí reside la verdadera solidaridad. La voracidad de materias primas del mundo desarrollado, como la madera, provoca la tala y la exportación ilegal de sus bosques, arrebatándoles los posibles beneficios de esta industria a sus habitantes, amén de provocar daños irreversibles al medio ambiente, ¿Piensa alguien en ello cuando va a decorar su casa?

A la vista de este panorama ¿existe el “efecto llamada”? O más bien debería hablarse de “efecto huida” de una tierra que no ofrece esperanza alguna. Y ¿por qué?, las respuestas no deben darlas sólo las empresas transnacionales, el Fondo Monetario Internacional, el Banco Mundial, la Organización Mundial del Comercio, o el selecto club de los países más ricos del mundo que imponen sus reglas de mercado a los demás, sino también de forma individual, asumiendo formas de vida más acordes con un planeta donde se está demostrando que más riqueza no genera más recursos, sino más desigualdad.

J. Pedromingo
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02 > Opinión: Programa Municipia (2/2)

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