
África entre el G8 y China

El pasado mes de abril dos significativos miembros del llamado G 8 (agrupa a los siete países más industrializados y Rusia), la canciller alemana Angela Merkel y el primer ministro británico Tony Blair, llamaban la atención de los países más ricos y de sus socios, recordándoles la necesidad de cumplir sus compromisos con África, tras mantener una reunión con el anterior Secretario de Naciones Unidas Koffi Annan, que presentó en Berlín ante ambos líderes una iniciativa llamada “Africa Panel Progress” (APP), cuyo objetivo es contribuir a que África, con ayuda de los países industrializados, cumpla con los objetivos del Milenio de Naciones Unidas.
El APP hace un análisis del estado de la situación en el continente y en 2006 señala un crecimiento medio de la economía del 5,4%, lo que aún esta lejos del 7% anual que se necesitaría para alcanzar los objetivos del Milenio, y pide a los países del G 8 una aportación anual mínima de 3.600 millones de euros hasta alcanzar los 18.000 millones de euros en 2.010. Recordemos que los países más industrializados del mundo así como la UE se comprometieron en 2005 durante el encuentro del Gleneagles en Escocia, a doblar la ayuda económica destinada al desarrollo hasta alcanzar los 25.000 millones de dólares en 2010. Una meta que no se ha cumplido hasta la fecha, por lo que pareciera que al G 8 y sus dirigentes sólo les interesa grandilocuentes declaraciones para darle titulares a la prensa, y frenar, de algún modo, el clamor cada vez más generalizado de la ciudadanía ante la injusticia existente en los países del Tercer Mundo.
Y si, como parece, el G 8 y sus socios se olvidan de sus promesas, otras potencias emergentes como China se acuerdan de que existe África, sobre todo para explotar sus cuantiosos recursos, tan necesarios en aquel país para mantener su espectacular tasa de crecimiento anual, y para vender productos manufacturados, a un precio muy inferior al que ofrecen los países occidentales.
Los dirigentes africanos reciben con los brazos abiertos la inversión y comercio chinos, ya que consideran que supone una alternativa al antiguo colonialismo. Pero el peso cada vez mayor del comercio y proyectos chinos ha provocado a su vez tensiones. Las empresas surafricanas, por poner un ejemplo, se han quejado de que la entrada masiva de textiles asiáticos amenaza la industria nacional, y los trabajadores locales de algunas empresas de capital chino, cada vez protestan más por las paupérrimas condiciones laborales que soportan. ¿Encontrará África el camino para lograr un desarrollo sostenible y justo?

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