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La inmigración imaginada
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            Las ciudades han sido constituidas a lo largo de la historia por una multitud de población heterogénea y multicultural. Desde Mesopotamia a Tokio, siempre la ciudad ha sido un espacio híbrido compuesto por personas de origen distinto, por una multitud de migrantes que llegaban y se incorporaban como ciudadanos y ciudadanas tras un periodo de adaptación. La integración de las personas en las ciudades era un hecho consustancial a la ciudad, que sólo tiene sentido como lugar en permanente cambio alimentado por la diversidad y renovación continua de los integrantes de su propio puzle.

            El paisaje demográfico se modula en un continuo flujo de humanos que “llegan de” y “parten hacia” otras ciudades buscando legítimamente una vida mejor. En este contexto de ciudad, nadie era considerado inmigrante, salvo estrictamente el que acababa de pisar por primera vez el andén o el muelle. ¿Por qué nos empeñamos en etiquetar a los nuevos ciudadanos como inmigrantes? ¿Qué sentido tienen categorías como las de inmigrante de “segunda o tercera” generación? ¿Por qué la calidad de inmigrante es una marca negativa, una eterna de mancha indeleble?

            Básicamente todo se reduce a que el migrante es una producción cultural más que una realidad tangible. De hecho, contemplamos cómo el universo lo organizamos nosotros a conveniencia: por ejemplo, una comunidad de noruegos, alemanes, japoneses o canadienses instalados, por ejemplo, en la Costa del Sol, Mallorca o Canarias, nunca tendrán el estatus de inmigrantes sino de colonia. Un restaurante marroquí, sirio ó hindú será algo étnico, pero una pizzería, un McDonal´s ó un japonés nunca se percibirán como étnicos, a lo sumo como exóticos en algún caso. Las delimitaciones son arbitrarias. Por supuesto, no podemos obviar el peso de la xenófoba Ley de Extranjería que contribuye a construir taxonomías en función de criterios históricos, de vecindad, etc. Los aspirantes a ciudadanos frente a los ciudadanos, nosotros y los otros, los de dentro y los de fuera, son compartimentos estancos (generalizaciones) que intentan homogeneizar a los autóctonos respecto a los alóctonos, los no originarios. Tras el sentido común occidental, subyace el miedo a la pérdida de la cultura e identidad propia ¿Acaso existen las “culturas homogéneas”? Sólo hay que echar un vistazo a nuestro mosaico interior para confirmar que no.

            Un claro problema de la construcción del otro, es que detrás siempre existe una relación de poder implícita que coloca al migrante en una permanente situación de, de liminalidad (de provisionalidad, en situación transitoria o de redefinición), sin un estatus definido. El migrante se enfrenta a una vivencia permanente de la desigualdad, del rechazo y el miedo que produce la posible pérdida de la condición de aspirante a ciudadano. Pensemos que cuando se expulsa a un migrante, por ejemplo, por no tener “papeles”, en la práctica se está frustrando un proyecto vital de forma radical. Sin olvidar la odisea que probablemente esa persona ha vivido hasta poder llegar al mundo “desarrollado”, hay que sumar la experiencia de rechazo y el fracaso en el lugar de origen por no haber sido capaz de tener éxito en el Norte. Estas condiciones producen un estigma. ¿Con qué legitimidad podemos pedir la integración de los migrantes si lo que ofrecemos como sociedad de acogida es la discriminación? ¿Cómo no van a sentir los excluidos que tienen la personalidad y la identidad magullada? ¿Cómo no van a tener la sensación de que viven en un mundo que les pertenece a los otros?

            A todo esto hay que sumar que el migrante es percibido desde la sociedad receptora con un doble rol, el de víctima - que sufre una desgracia - o el de verdugo – origen particular de problemas sociales, en realidad es la cabeza de turco de la mayoría de males sociales. Tras el fenómeno de la inmigración subyace una idea de manera troncal: el inmigrante es construido por la sociedad hegemónica, que lo interpreta en todas sus dimensiones, desde el poder y la autoridad que confiere la posición privilegiada para el juicio. No se pregunta nunca al migrante porqué está aquí, qué necesita, qué problemas padece en su sociedad de origen, etc. La persona migrante se instrumentaliza y cosifica desde el paternalismo. Victimizar es en sí mismo es adoptar una posición de poder.

            La ciudadanía, se rige por morales distintas en virtud del origen del “ciudadano”. Hasta la Segunda Guerra Mundial la ciudadanía siempre fue eminentemente inclusiva, incorporaba personas y derechos con una proyección universalista. Pero, poco a poco, este estatus ha ido contrayéndose hasta redefinirse por el protagonismo de la exclusión en el territorio de la globalización y los estados nacionales, entrando en una profunda crisis. No queda más remedio que revisar la política de ciudadanía para que los procesos migratorios dejen de sufrir una marca social. La diversidad es un valor con el que la ciudad ha estado históricamente en deuda. Sólo desde el alejamiento de los discursos comunes que predican una inmigración imaginada podremos compartir dignamente el espacio de convivencia, aunque eso nos fuerce a una renegociación continua con la diferencia.

Pedro Salvador
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02 > Opinión: De las remesas al Codesarrollo, un camino por recorrer (2/2)

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01 > Editorial

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