
De las remesas
al Codesarrollo,
un camino
por recorrer

Fenómenos como la inmigración o la cooperación al desarrollo pueden ser analizados desde múltiples puntos de vista (político, sociológico, antropológico, económico, etc.). Otra consideración importante a la hora de abordarlos viene del hecho de las distintas consecuencias que su estudio tiene según se observe desde los países emisores de población migrante –beneficiarios de ayuda- o desde los receptores –donantes de fondos-, y/o las repercusiones que esta cuestión tiene en unos y otros. En cualquier caso, todas estas aproximaciones a la materia se ven enriquecidas por su complementariedad e interrelación. Si bien con el sesgo de una visión desde del “Primer Mundo”, nos detendremos en un aspecto de notable potencial en el Sur, de interés creciente para los distintos actores de la cooperación y que conecta ambas realidades: el Codesarrollo.
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Actualmente no existe una definición “oficial” de Codesarrollo formulada por los que operan en ese ámbito. El sociólogo francés de origen argelino Sami Naïr lo define como “una propuesta para integrar inmigración y desarrollo de forma que ambos países, el de envío y el de acogida, puedan beneficiarse de los flujos migratorios. Es decir, es una forma de relación consensuada entre dos países de forma que el aporte de los inmigrantes al país de acogida no se traduzca en una pérdida para el país de envío”. También hay quien lo denomina “desarrollo horizontal” o “desarrollo compartido”, y es un instrumento que viene funcionando de manera ordenada desde hace años en países con mayor trayectoria que el nuestro como destinos migratorios (USA, Canadá, Bélgica o, particularmente, Francia).
En España, lógicamente, se empieza a plantear como un salto cualitativo a los instrumentos clásicos de ayuda al desarrollo desde el momento en que el número y el estatus de los inmigrantes abocan necesariamente a su toma en consideración por parte de quienes participamos en el ámbito de la cooperación al desarrollo. Esto supone, por nuestra corta historia como país donante y como receptor de inmigración, que es un campo de reciente incorporación a las agendas de los financiadores y con mucho camino por recorrer. Es por esto que poco a poco va abriéndose paso entre los habituales mecanismos de transferencia Norte-Sur, “formales” (proyectos, créditos, asistencias técnicas) o “informales” (remesas, redes de intercambio), como una modalidad que combina la experiencia en procesos de cooperación al desarrollo y la posibilidad de destinar recursos desde nuestras economías, con el mayor interés y el conocimiento de las sociedades Sur que aportan los inmigrantes y con el valor añadido que supone su participación organizada en el desarrollo de sus comunidades de origen.
Deteniéndonos en el caso concreto de las remesas, reflejo del vínculo que mantienen los inmigrantes con sus países de origen y de la preocupación por su avance, auque sea en el seno familiar, según estimaciones de diversos organismos internacionales (Banco Mundial, Fondo Monetario Internacional, Fondo de Población de Naciones Unidas, etc.) el valor de éstas en el mundo es considerablemente mayor que el de la Ayuda Oficial para el Desarrollo (AOD). En el caso de la Unión Europea, se produce el mismo fenómeno: En 2006, el dinero que enviaron los inmigrantes en la UE a sus países de procedencia supuso, según Eurostat, 19.200 millones de euros, cantidad tres veces mayor que el volumen total de su Acción Exterior (5.867 millones de euros). Los inmigrantes en España mandaron 6.807 millones de euros en 2006, cifra también superior a la AOD española; además, el dinero transferido supone el 34% de las remesas que salieron de la UE.
A esto hay que añadir que las remesas ocupan el segundo lugar entre las fuentes de recursos externos recibidos por los países en desarrollo, y se sitúan después de las inversiones extranjeras directas, representando, según el Banco Mundial, porcentajes notables en el PIB de bastantes países: Moldavia (38%), Haití (21%), Honduras (20%), El Salvador (18%), Filipinas (15%), Gambia (12%), Nicaragua (11%), Guatemala (10%), Marruecos (9%), República Dominicana (8%). Según la misma fuente, las remesas tienden a disminuir la pobreza de una forma modesta: un aumento de las remesas en un 1% del PIB reduce la ratio de pobreza un 0,3%.
Estos envíos de dinero, a menudo no bien regulados desde las instituciones y sujetos a elevadas comisiones y gastos bancarios, son objeto de deseo por parte de múltiples instancias (tributarias, financieras, políticas), en alguno de los casos con exacerbado ánimo de lucro.
Las remesas, si bien actúan a modo de malla protectora ante los bajos niveles de renta locales y la debilidad de los sistemas públicos de seguridad social, potenciados por la desestructuración familiar que en ocasiones comporta la emigración, producen también, y en no poca medida, un efecto desincentivador y conformista en sus destinatarios, y la aparición de consumos superfluos, en algunos casos a costa del sacrificio de necesidades primarias.
En cualquier caso, el codesarrollo ha de coexistir y coexistirá con el envío de remesas, legítimas y bienintencionadas, pero una adecuada regulación y aprovechamiento de éstas junto con eficaces y actuaciones en el campo del codesarrollo contribuirán a acercar la enorme brecha que separa el Norte del Sur.
Gerardo Magariños
FCMC

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