
La última
frontera

No sabrás todo lo que valgo
hasta que no pueda ser
junto a ti todo lo que soy
Gregorio Marañón
Una luminosa mancha de luz se esparce por el rostro arrugado de esta vieja Europa; una nueva conductora de las pasiones: Solidaridad. Y lo hace de la mano de otros conceptos, no menos antiguos y a la vez renovados, desarrollo y cooperación.
¿Son nuevos principios? ¿Ensalzan ideas que habían sido olvidadas? Sean lo que fueren, esos términos empiezan a ser incorporados en los enunciados de las normas como nuevos conceptos del Derecho. Podríamos decir que estamos asistiendo a un renacimiento de la solidaridad, al menos, del concepto. Y lo más importante es que el término se ha incorporado a nuestro lenguaje jurídico de la mano de los derechos humanos.
Hablar de solidaridad y derechos humanos nos pone en presencia de la tradicional dicotomía Estado-sociedad civil. Porque, si bien no es fácil conceptuar la expresión “sociedad civil”, sí parece un sentir generalizado que es esta sociedad civil la que se ha erigido en muchas ocasiones en abanderada de los derechos humanos frente los excesos de los Estados.
Hemos incorporado el término solidaridad en la semántica de los derechos humanos. Pero es que además, hemos puesto en la categoría de los derechos humanos a los que el profesor Jiménez de Parga denominó “derechos de Tercera Generación”(1) que son los referentes a la protección del ecosistema, la paz, la prosperidad y, sobre todos, el derecho al desarrollo.
Se ha producido una equivalencia entre solidaridad y derechos humanos. Y esta equivalencia ha conducido –puede que erróneamente- a identificar casi con exclusividad los derechos humanos con ciertos grupos de personas: enfermos, discapacitados, comunidades indígenas, minorías desvalidas; en suma, los que el novelista austríaco Robert Musil llamó “hombres sin atributos”(2).
Tal vez se deba este fenómeno al propio concepto de solidaridad, a su contenido, caracterizado por unas notas especificas.
Por un lado, su apoliticidad. La solidaridad debe y tiene que ser reconocida con independencia de cualquier posición política. En segundo lugar, su carácter de liberalidad. La solidaridad no se basa en el esquema negocial del “do ut des” (doy para que des) sino en la entrega desinteresada, sin esperar nada a cambio. En tercer lugar, la necesidad del otro, el destinatario de la acción solidaria(3).
Es posible que de la conjunción de estas tres notas, nazca la equivalencia antes enunciada. Se puede decir, abundando en el argumento, que se está produciendo una fragmentación o sectorialización de la solidaridad.
Históricamente la idea de solidaridad se insertó en el ámbito de un Estado constructor de solidaridades. La nación, la patria, proponían la solidaridad desde la base del territorio. Nace la idea del Estado social cuyo más claro exponente pudiera ser la instauración de los sistemas de seguridad social.
Pero los crueles regímenes dictatoriales del siglo XX primero; el fenómeno de la globalización más modernamente, y, en algunos casos, la aparición de determinados movimientos pseudorreligiosos o filosóficos (sectas) han puesto en crisis esa idea del Estado social. Se lleva, sobre todo en el seno de los totalitarismos de uno u otro signo, a la “cosificación” del ser humano. De tal manera que, si a determinadas personas -judías, homosexuales, gitanas- se les despoja de su carácter de tales, dejan de ser dignas de cualquier protección jurídica. Las consecuencias de este maléfico razonamiento son bien conocidas: campos de exterminio, hornos crematorios, deportaciones ninguna parte…Pero esa cosificación se da también en nuestros días. La globalización también ha hecho su parte. La pretensión de pensamiento único, de uniformidad de las sociedades, lejos de conseguir su objetivo está, por el contrario haciendo renacer la dispersión y los guetos.
Se ha desvinculado el concepto de derechos humanos del concepto de ciudadanía. Se llega incluso a hablar de una doble categoría: los derechos y los derechos humanos. Los primeros serían los “auténticos”, los que tenemos los occidentales, los del primer mundo, los ciudadanos. Los derechos humanos, por su parte, serían los que hay que otorgar a quienes llamamos “hombres sin atributos”, a los incómodos pasajeros de las pateras, al “contingente” de rumanos, ecuatorianos, mauritanos…Perverso el lenguaje, que parece querer mofarse de estos grupos. Contingente, según una de las acepciones del diccionario, es el grupo, el conjunto de personas o cosas que se distingue entre otros por su mayor aportación o colaboración en alguna circunstancia.
El Estado entra en crisis. Ya no es capaz de promover la solidaridad que le daba sentido. Aparece en escena la sociedad civil; y formando parte importante de ella, las ONG. Y aquí es donde se observa la que llamo “solidaridad fragmentaria”. Cada entidad, mantiene su discurso; para unos su razón de ser es el lince ibérico, para otros la ballena azul; para éstos la defensa de los aborígenes amazónicos, para aquéllos la integración de los inmigrantes subsaharianos. Solidarios, pero en sus ámbitos estancos. Una prueba de lo que vengo diciendo es este dato, en la crisis de Ruanda, hace ya algunos años, se computaron ciento veinte ONG y cada una de ellas con su propio proyecto.
Solidaridad sí. Pero recapacitemos sobre su proyección. Pongamos por encima de todo al hombre. En su esencialidad, en su ciudadanía (Declaración Universal de los Derechos del Hombre y del ciudadano). No olvidemos que privar a alguien de su ciudadanía es tendencialmente expulsarlo del mundo, como sostuvo la Corte Suprema de los Estados Unidos.
Solidaridad sí. Mas tratando de borrar esa última frontera. La que nos hace creer que los derechos humanos son para los otros, para los invisibles, porque los nuestros están garantizados. Con esta mira hacia el horizonte tal vez un día podamos mantener, como realidad conseguida, el aforismo de Gregorio Marañón que preludia estos párrafos “no sabrás todo lo que valgo hasta que no pueda ser junto a ti todo lo que soy”.
Rogelio Sánchez Molero
FCMC

BILIOGRAFÍA
M. JIMÉNEZ DE PARGA “La fe que mueve montañas”
ROBERT MUSIL “El hombre sin atributos”
FERNANDO OLIVÁN LÓPEZ “La solidaridad y la crisis de los derechos humanos

subir |