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FCMC

COMPETENCIA CULTURAL
Hacia el sello de calidad
en cooperación al desarrollo


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           Un mono estaba en un árbol observando cómo un riachuelo se había desbordado. En un pequeño charco de agua formado por el rebosamiento, un pobre pez nadaba con dificultad y, a duras penas, lograba mantenerse vivo. El mono, afectado por sus penalidades, decidió ayudarle. Ni corto, ni perezoso, le sacó del agua para que respirara mejor. El pez murió… Para ayudar a los demás no basta con las buenas intenciones, un diagnóstico intercultural nos permitiría tomar conciencia de las necesidades del otro. Juzgar la cultura ajena desde el punto de vista propio se denomina “etnocentrismo”, en el caso que nos ocupa… mono-centrismo.

           En el altiplano boliviano, los médicos implicados en algunos de los programas de salud materno –infantil tras atender a la mujer en el parto, eliminan la placenta tirándola a la basura, ya que ésta pertenece a la categoría de lo sucio en la medicina occidental. Para la cosmología andina la unidad del individuo requiere recoger la placenta y enterrarla como un ofrecimiento a la pachamama (la Madre Tierra) para el buen desarrollo integral de la persona. Esto produce que cuando una mujer tiene que dar a luz huya como alma que lleva el diablo del programa de atención sanitaria amparado por la ONG de turno y opte por ser atendida por su marido, la partera o el yatiri (sabio y especialista ritual andino) de la comunidad.

            Ante la situación de hambruna en un país africano, una ONGD decidió recaudar fondos y enviar leche como alimento para paliar la situación de escasez sufrida. Cada vez que el camión con el logotipo de la ONGD en cuestión llegaba al lugar con la remesa de leche, era apedreado por los habitantes locales para sorpresa de los benefactores. Los habitantes de una cultura con intolerancia a la lactosa padecen unas diarreas terribles al consumir productos lácteos no fermentados, en especial la leche. Los aborígenes lo último que querían, tras la hambruna, era tener más problemas intestinales. La competencia cultural de la ONG era nula y la ayuda humanitaria estaba mal planificada e identificada. Con una formación adecuada en interculturalidad, se podría haber evitado este problema.

            Con estos ejemplos, más bien “excepciones extremas”, quiero poner de manifiesto que podemos entrar a formar parte del cártel de las buenas intenciones con facilidad si no consideramos previamente al otro y si no reflexionamos sobre la importancia de un buen diagnóstico cultural, así como su papel crucial en los proyectos de cooperación al desarrollo. Caer en el asistencialismo y el paternalismo es bastante sencillo. Obviamente, la calidad del trabajo de la ONG es excelente y los procesos de identificación cuentan, cada vez más, con el apoyo de antropólogos o de personas con un amplio conocimiento del contexto local. Pero aún queda un importante camino por recorrer, ya que las pequeñas excepciones en la mala identificación de los proyectos es lo que salta a la opinión pública. Ésta, irremediablemente, amplifica y pervierte la visión del tercer sector (entidades sin ánimo de lucro) convirtiendo la excepción en regla en la imaginación popular o conciencia colectiva.

           Quizás la apuesta pase por formalizar un mecanismo que conduzca al diálogo real, y dando un salto de calidad, a la exigencia de que todo agente de la cooperación aquí y allá y por extensión a todo aquel que vaya a trabajar directamente en desarrollo, relaciones con los pueblos indígenas, educación, programas de alimentación, salud, etc., reciba una formación intercultural que le habilite en “anthropological abilities” o competencia cultural. En el fondo, esta competencia, como explica la antropóloga Luisa Abad persigue tres objetivos sencillos: 1).- abordar el conocimiento y la sensibilidad cultural mutuos (nunca unidireccionalmente), 2).- discutir de todas las fases de un proyecto dentro de un proceso participativo (no sólo con interlocutores cómodos) y 3).- evitar reducir la problemática del desarrollo local/rural/indígena exclusivamente al canal financiero.

           Si el sistema exige otros mecanismos para otros terrenos de la vida social, CAP para el profesorado, titulación para ejercer determinadas profesiones, declaración de utilidad pública, sello de calidad, etc., ¿por qué no exigir la competencia cultural para el campo de la cooperación para el desarrollo? Probablemente la incorporación de este nuevo elemento serviría para asentar los cimientos de la transformación social necesaria e ir dando los pasos para conseguir que el diálogo intercultural sea fructífero.

Pedro Salvador
FCMC

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