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FCMC

Panorama general de la
EMIGRACIÓN en Centroamérica
como factor de desarrollo


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            Aunque desde nuestra perspectiva lejana nos puede parecer que los países que integran la región de Centroamérica se configuran como un todo homogéneo, no sería acertado hacerlo ya que, si bien comparten ciertas características más o menos comunes (historia, idioma, clima, territorio, población), un conocimiento más cercano nos muestra que su realidad es más compleja y variada.

            Sus poblaciones varían desde los 4,4 millones de habitantes de Costa Rica a los  13 de Guatemala; la extensión territorial de Nicaragua es 6 veces mayor que la de El Salvador; con densidades de población muy dispares (El Salvador 327 habitantes/km² y Belice 11,8 habitantes/km²); la distribución de la población es mayoritariamente urbana en Panamá (70,8%) y rural en Guatemala (47,2% urbana); el peso de la población indígena en este país es significativamente mayor, casi la mitad del total, al del resto; la renta per cápita va de los 9.290 USD de Costa Rica o los 8.690 USD de Panamá, a los 3.420 de Honduras o los 2.720 de Nicaragua; el lugar que ocupan en el ranking por IDH también difiere notablemente (Costa Rica es el 48º y Panamá el 62º, ambos dentro del grupo de “desarrollo humano alto”, y El Salvador, Nicaragua, Honduras y Guatemala se encuentran por encima del puesto 100º, dentro del tramo de “desarrollo humano medio”).

            Consecuencia de éstos y otros muchos factores no expuestos, se configuran unas sociedades diversas y con numerosas cuestiones de interés susceptibles de ser estudiadas desde múltiples puntos de vista. En esta ocasión nos detendremos en los movimientos migratorios que se producen en la zona, y expondremos algunas de sus implicaciones en el desarrollo real o no de sus sociedades.

            La región de Centroamérica no es ajena a un fenómeno global como la  emigración, pero no es un hecho reciente ni uniforme, que, además, ofrece unas pautas de comportamiento y cuenta con unas posibilidades de intervención propias, producto de nuestro tiempo que, según el tratamiento que se les dé, pueden contribuir a perpetuar situaciones de subdesarrollo o convertirse en factores que generen mejoras efectivas en los países emisores de migrantes.

            Una primera característica, consecuencia de las reducidas dimensiones de la región y de los relativos contrastes de sus territorios, unido a evidentes similitudes culturales que facilitan el proceso migratorio, es la constatación de flujos migratorios en su seno. Para no remontarnos demasiado en el tiempo, señalaremos un hito como fue el desplazamiento de miles de salvadoreños a Panamá a principios del siglo XX con motivo de la construcción del Canal. También el auge de extensos monocultivos (banano, caña, café) en Honduras y Costa Rica a lo largo del mismo siglo, atrajo a numerosa población salvadoreña y nicaragüense a estos países. Por último, señalar la importancia en el último tercio del siglo XX de movimientos de población hacia Honduras, Costa Rica, Belice y México, producidos por los conflictos de El Salvador, Nicaragua y Guatemala, respectivamente.

            Para ayudar a entender el fenómeno de la emigración  hacia el exterior de la región, tradicional y mayoritariamente a Estados Unidos, es necesario señalar antes que también se ha producido en el seno de los países, por múltiples causas, un importante desplazamiento de población del medio rural a la ciudad (Ciudad de Guatemala, San Salvador o San Pedro Sula son ejemplos significativos) a lo largo de la segunda mitad del siglo XX.

            Sin embargo, y ponderando suficientemente la importancia de los movimientos de población antes señalados, es la emigración internacional hacia Estados Unidos (más de dos millones de salvadoreños o casi uno de hondureños, por ejemplo, residen en este país), y últimamente a Europa y Canadá, la que en la actualidad modela decisivamente (a excepción del caso particular de Costa Rica) la conformación de las sociedades centroamericanas.

            Vamos a tratarlo desde dos puntos de vista: el de las características y el de las posibilidades que hay de aprovechar esos nuevos recursos (principalmente las remesas) en factores de desarrollo.

            Por un lado, y simplificando mucho el análisis, suelen ser los estratos medios/bajos (si es que cabe esta categoría en países con niveles de renta extremos), es decir, las personas en situación de “pobreza relativa”, y fundamentalmente jóvenes, provenientes tanto del medio urbano como rural, las que emigran. Además, a motivaciones estrictamente económicas o de carácter político, se añaden otras de tipo sociológico que tienen mucho que ver con el efecto de atracción que ejercen las redes de nacionales ya establecidos en el extranjero.

            De otra parte, el asunto de las remesas, muy significativas en Centroamérica (en torno al 20% de las hogares como receptores) reflejo de un interés individual por atender las necesidades de sus respectivas familias, y las cuales sería interesante tratar con un enfoque más colectivo y verdaderamente transformador, aún no ha sido suficientemente tenido en cuenta ni por las sociedades desde las que se emiten (inmigrantes, ONGD e instituciones públicas), ni por los países receptores (entidades de ahorro, gobiernos locales).

            Por tanto, la emigración, aunque conlleve la pérdida de un importante capital humano, atenúa tensiones sociales, inyecta fondos en la economía y aumenta la reserva de divisas, por lo que, desde el punto de los países “expulsores”, ha de ser tenida en cuenta en los instrumentos de gobierno como un potencial de desarrollo y analizada con una perspectiva más global, intentando instaurar mecanismos que faciliten la canalización y la inversión de recursos causantes de verdaderas mejoras sociales.

Gerardo Magariños
FCMC

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Fuentes:
- Banco Mundial, 2006.
- PNUD, Informe sobre Desarrollo Humano 2007-2008.
- FMI (FOMIN), “Remesas en Centroamérica”, noviembre 2007.
- Banco Interamericano de Desarrollo

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