color08 > Gente Solidaria anteriorsiguiente

FCMC

PEDRO SÁEZ experto en educación para la solidaridad


color

foto

Pedro Sáez Ortega es Profesor de Educación Secundaria (Ciencias Sociales del I.E.S. Clara Campoamor (Móstoles, Madrid), investigador en el Centro de Investigación para la paz-Fundación Hogar del Empleado, y autor de varios libros dedicados a la didáctica de la educación para la paz, el desarrollo y la interculturalidad, entre los que destacamos, El Sur en el aula. Una didáctica para la solidaridad (Zaragoza, 1995); (Con Luis A. Aranguren), De la tolerancia a la interculturalidad. Un proceso educativo en torno a la diferencia (Madrid, 1998); o Guerra y paz en el comienzo del siglo XXI. Una guía de emergencia para comprender los conflictos del presente (Madrid, 2002).

           ¿Cómo has llegado a involucrarte en la Educación para el Desarrollo (EpD)?

          Desde que empecé a trabajar como Profesor de Educación Secundaria he ido explorando las formas y los recursos para enseñar de otra manera, para construir una cultura del aprendizaje escolar que cambiara la mirada sobre la realidad a todas las escalas. Tengo detrás muchos años de esfuerzos y experiencias fallidas; pero también de proyectos que culminaron bien, incluso muy bien; de algunos triunfos y de bastantes fracasos, como en cualquier tarea que merezca realmente la pena. Lo de poner el nombre de “Educación para el Desarrollo” a todo lo que hacía, vino después.

          Sin muchos rodeos, ¿Qué es para ti la educación para el desarrollo?

          Por encima de contenidos y materiales –importantes, pero no fundamentales-, creo que es un proceso sistemático de enseñanza que transforma el discurso dominante sobre la solidaridad en un cultura social y escolar crítica, activa y visible, con capacidad para liberar y transformar nuestra forma de ser, pensar, estar y actuar en el mundo que nos ha tocado en (buena o mala) suerte.

          ¿Qué papel juega la creatividad y la sensibilización en la EpD?

          Sin imaginación, sin creatividad, sin sensibilidad, no podemos llegar a un conocimiento movilizador acerca del Sur (o acerca de cualquier otra cosa). La inteligencia cognoscitiva, racionalizadora, es muy necesaria –y también es muy occidental: en el Primer Mundo nos sentimos muy a gusto conceptualizándolo todo, tanto para conservarlo como para revolucionarlo-, pero no podemos descuidar aspectos constitutivos de la inteligencia, como las emociones -que, por otro lado, no conviene confundir con la sacudida sensiblera o el espectáculo “emotivo”-, porque sólo desde ahí podemos construir un verdadero conocimiento “holístico”, como se dice ahora, una alternativa “globalizadora” al pensamiento único dominante –si es que “pensamiento” y “único” son términos compatibles-.

          Te escuché en una conferencia la frase “sólo quien es capaz de sensibilizarse ante la belleza, puede sensibilizarse frente al dolor del mundo”, puedes comentarla brevemente.

           La frase exacta es “Sólo quien es capaz de ver la belleza del mundo, es capaz de indignarse ante lo insoportable de su dolor”, y la pronuncia uno de los personajes de Las meninas, obra de teatro de Antonio Buero Vallejo, dirigiéndose al protagonista, Diego Velázquez. Esta frase fue algo así como el “lema” del primer grupo de teatro escolar con el que trabajé, entre 1982 y 1989. De hecho, el grupo decidió bautizarse con el nombre de Bárbola, en homenaje a uno de las protagonistas del famoso cuadro de Velázquez, la enana Mari Bárbola, de origen alemán, que acompañaba a la infanta Margarita en su vida cotidiana en palacio, supuestamente para “alegrarle” la existencia con sus bufonadas. Desde mi punto de vista, la frase expresa la profunda relación entre la educación para la sensibilidad, especialmente la sensibilidad artística o estética, y el compromiso a favor de la solidaridad como herramienta para la construcción de la justicia. Siendo indispensable, insisto en que no creo que la mera información, por muy “concientizadora” que se pretenda, acerca de la realidad del Sur, incluso cuando facilita la comprensión de las causas y consecuencias de su situación, sea suficiente para educar personas solidarias, y aún menos adolescentes solidarios. Es necesaria una implicación emocional, pero dicha implicación no debe activarse desde el impacto sentimental, porque entonces corremos muchos peligros, como el adoctrinamiento o la manipulación. Ha de formar parte de un proceso más amplio y complejo de apertura al mundo, que necesariamente tiene que incorporar dimensiones creativas y estéticas, para que la búsqueda de la belleza sea también la búsqueda de la justicia.

          ¿Qué es el “pensamiento global”?

          Pues diría que es lo que muchos dirigentes, técnicos y expertos de grandes empresas y corporaciones transnacionales practican a diario, con los eficaces resultados que conocemos, aunque en estos casos, más que de pensamiento global, habría que hablar de “pensamiento globalitario”. Claro que llamar pensamiento a una pulsión orientada en exclusiva al dominio y el control ideológico y económico del mundo, en pos del máximo beneficio privado en el más corto plazo, es ser bastante generosos con la verdadera acepción del término. Por otro lado, el “pensamiento global”, en su versión, digamos, “alternativa”,  es un pensamiento a menudo muy alejado de la manera de ver y actuar en el mundo de muchos educadores y escuelas, incluso de algunos activistas sociales, por no hablar de ciertas organizaciones no gubernamentales y “paragubernamentales”. Cuando hablamos de este pensamiento global, nos referimos a la construcción de una mirada a un tiempo reflexiva y activa, caracterizada por su capacidad para “moverse” en la complejidad, buscando las interdependencias entre los distintos factores de cualquier proceso, conectando causas y efectos a escala planetaria y a escala local, imaginando formas integrales –preventivas, atenuadoras, desactivadoras, proyectivas- de resolver los conflictos que aparecen en todos los ámbitos y espacios interpersonales y sociales. La adquisición de un pensamiento global es difícil, porque no acaba nunca, y requiere un esfuerzo permanente por ir más allá (y más acá) de lo obvio o lo simplificador –que nunca debe confundirse con lo sencillo, ya que muchas personas sin estudios superiores o amplia formación académica poseen un pensamiento global más profundo que otras, supuestamente mejor “preparadas”-.

          ¿Qué utilidad tiene la educación no formal en la EpD?

           Aunque mi trabajo más cotidiano e inmediato se desarrolla en el marco de la educación formal, considero que la Educación para el Desarrollo necesita de un potentísimo despliegue educativo no formal, por varias razones, entre las que destaco, en primer lugar, sus menores sujeciones institucionales, si la comparamos con la educación escolar convencional –y, por lo tanto, su mayor capacidad para desarrollar propuestas pedagógicas no convencionales-; en segundo lugar, su proyección “sensibilizadora” en el tejido social, que desborda el marco restringido del aula; en tercer lugar, su capacidad para tender puentes entre la educación reglada y la sociedad –en este sentido, ofrece a los adolescentes la posibilidad de vivir determinados valores cívicos “en acción”, y no en la mera teoría-. De todas maneras, creo que cada una tiene su espacio específico y sus posibles enlaces. Por otro lado, tampoco me gusta la idea de convertir a las organizaciones no gubernamentales para el desarrollo en empresas de servicios solidarios para ir a los institutos a rellenar huecos y horas perdidas de clase, sin intervenir de manera más incisiva en la cultura escolar.

          ¿Qué es para ti la solidaridad?

          Por una vez, y sin que sirva de precedente, respondo con brevedad. Creo que la solidaridad es una forma de ser, un valor-herramienta para la construcción de una vida verdaderamente digna de ser vivida, para uno mismo y para los demás, que contribuye, o puede contribuir junto con otros referentes éticos, a cambiar la realidad, más en el terreno cultural que el socioeconómico o estructural, ya que, aunque no lo parezca, considero que este cambio cultural es una condición necesaria para abordar los demás, y además es el que está más a nuestro alcance, sobre el que tenemos una responsabilidad más directa e interpelante como educadores.

          ¿Cómo crees que puede fomentarse la participación social?

          Vivimos en una “democracia de baja intensidad” y de una calidad manifiestamente mejorable –ahí están, sin ir más lejos, las últimas “novedades” legislativas europeas sobre el control de los movimientos migratorios o los contratos laborales-, a pesar de todos sus logros, o precisamente a causa de todos sus logros. Uno de los espacios en los que queda aún mucho por hacer -sobre todo, por cambiar visiones y prácticas ya un poco envejecidas en la era de Internet-, es el de la participación ciudadana. En el contexto de la globalización y la incorporación (en Europa y fuera de Europa) a instituciones políticas supranacionales, es preciso, desde mi punto de vista, recuperar el valor político de la ciudad, en tanto que espacio para el ejercicio de la ciudadanía, un territorio compartido donde es posible reconocer la diversidad planetaria en la escala local, al tiempo que incorporarse a las diferentes redes globales, y no estoy hablando, obviamente, solamente del derecho al voto, aunque muchas sociedades deben empezar por ahí. Hay que tener en cuenta que la participación es un derecho en permanente conquista, un valor cívico que sólo puede construirse desde abajo; si no, nunca se construirá, o lo hará de acuerdo con los designios nunca inocentes del poder establecido. Hay, además, una perversión sobre la que conviene insistir, y es la de identificar la participación con la incorporación pasiva a la dinámica cultural impuesta por los medios de masas. ¿Se puede identificar la participación con el televoto a través del móvil en concursos y galas televisivas?

          Ahora mismo impartes clases en un Instituto, ¿qué sociedad estamos formando en lo que a valores se refiere?

          La respuesta es complicada, porque nunca como hasta ahora se ha hecho tan visible, tan  palpable en el mundo, la diversidad de valores que conviven hoy en nuestros entornos cercanos y lejanos. En este sentido, no se puede decir que haya valores “perdidos”. Todos laten con mayor o menor intensidad a nuestro alrededor. El problema está en cómo elegir unos y desechar otros, para configurar un determinado proyecto de vida. Y ahí es donde el mundo adulto, y muy en concreto la escuela y la familia, sus dos instituciones de “mediación” y de socialización de adolescentes más importantes, parecen haber abdicado de esa difícil tarea de elaborar criterios de elección. Hemos vaciado la cultura escolar de  “narraciones de sentido”, de propuestas que puedan ser criticadas, negadas o confrontadas con la realidad de quienes se están convirtiendo en ciudadanos. De este problema se derivan cuestiones que tanto criticamos de nuestros alumnos, pero que tanto practicamos sus educadores, como la nula capacidad de sacrificio, el menosprecio del esfuerzo, el bajísimo umbral de frustración y otros elementos que perturban la forma y el sentido de determinados valores sociales, sin los que la vida humana en su conjunto sería inviable, o difícilmente “vivible”.

          Frente a las dinámicas que genera el mercado: individualismo, consumo, modas, apariencia, triunfo,... ¿cómo quedan los valores tradicionales: honradez, honestidad, lealtad, solidaridad, etc.?

           Creo haber respondido a esta pregunta con lo dicho en la anterior. Todos los valores citados siguen entre nosotros, no se han esfumado, “viven” (y hacen vivir) cotidianamente a personas y comunidades humanas concretas. El asunto es cómo otorgarles poder, visibilidad, preponderancia, capacidad para poder expresarse en condiciones de igualdad con los que parecen dominar el mundo: no sólo por su superioridad ética, o por la belleza que irradian, sino porque, además, son mucho más útiles y eficientes para la vida en común a que nos vemos abocados en este problemático arranque del Tercer Milenio.

 

color

subir

 

color

color
01 > Editorial
color 02 > Opinión:
color· Viajar más allá
color color· Inseguridad y crisis alimentaria, un problema de todos
color 03 > Actualidad:
transparente·
CONVENIO DE COLABORACIÓN entre el Instituto de la Juventud y la Fundación
  transparente· PROYECTOS APROBADOS
  transparente· ALCÁZAR DE SAN JUAN, una localidad comprometida con el Fondo Castellano-Manchego de Cooperación
color 04 > Programa de seguimiento y evaluación
in situ - Bolivia
color 05 > La Organización: ¿Qué es Intermon Oxfam?
color
06 > JÓVENES COOPERANTES 2008: Episodio XI, la leyenda continúa.
color 07 > SVE: Experiencia personal en la gestión del SVE
color 08 > Gente solidaria: Manuela Mesa
color
09 > Mirada legal: Los ayuntamientos en la Ley de Voluntariado de Castilla-La Mancha
marcador
10 > Bolsa de programas de Voluntariado
color