
Cumbre del clima Copenhague 2009: ¿Un cambio de rumbo?

Con motivo de la Cumbre Mundial del Clima de Copenhague, numerosos medios de información y la opinión pública en general se han hecho de nuevo eco de la problemática del calentamiento global y el cambio climático. Lo que comenzó hace dos décadas como una preocupación minoritaria y restringida al ámbito ecologista o al científico, se ha convertido en una de las fuentes de noticias más importante de los últimos años.
De hecho, se ha avanzado bastante en cuanto al nivel de información acerca de la problemática del calentamiento global. La comunidad científica sigue alertando sobre sus efectos, con estudios que demuestran que aproximadamente a partir de 1850, coincidiendo con el inicio de la Revolución industrial en Europa, comenzó un proceso de calentamiento a nivel mundial provocado por la emisión de gases de combustión que ha superado cualquier registro.
El problema ha pasado por diferentes fases, desde las de las décadas de los chenta y noventa, con posturas escépticas y críticas por alarmismo hacia la comunidad científica, hasta hoy día, donde cada vez menos personas cuestionan una realidad que los datos empíricos han demostrado sobradamente. En este camino, numerosas organizaciones y no pocos gobiernos se han movilizado para alertar sobre la necesidad de tomar medidas para frenar la emisión de gases de efecto invernadero, se han organizado conferencias mundiales (Río de Janerio, 1992; Kyoto, 1997), se ha premiado con el Nobel de la Paz a Al Gore por su película documental sobre el cambio climático “Una verdad incómoda”, y los gobiernos de medio mundo están dispuestos a reducir parcialmente sus emisiones, o en su defecto, pagar a países en vías de desarrollo para comprar bonos de emisión de CO2. A pesar de todo, aún hoy, la realidad es que el déficit de la balanza “desarrollo económico” vs “sostenibilidad” es todavía muy favorable a los primeros.
El verdadero problema a la hora de afrontar el cambio climático y el calentamiento del Planeta es que los efectos inmediatos aún no son tan ostensibles como para alarmar de manera suficiente a la opinión pública. Problemas económicos, guerras o variaciones en el organigrama sociopolítico establecido, tienen efectos muy concretos a nivel mediático, y ello posibilita que estos problemas ocupen un lugar destacado en la opinión pública, y por ende, en las clases gobernantes. La falta de recursos hídricos representa diariamente una causa de muerte mayor que todas las guerras actuales del Planeta, y en pocos años la escasez de alimentos provocará éxodos mayores que los hasta ahora conocidos. Posiblemente ahí está el verdadero problema: no se ha tomado una conciencia real de la relación directa entre la problemática ambiental global y los efectos inmediatos de la misma.
La Cumbre de Río de Janeiro de 1992 fue el primer paso hacia la adopción de unas políticas más sensatas en cuanto a la contaminación del Planeta. Sirvió apenas para recordar a las agendas mundiales un problema que ya se comenzaba a percibir en la dimensión real que hoy conocemos, pero sobre todo canalizó un movimiento que a la postre ha sido capaz de movilizar diferentes sectores hasta llegar a las cumbres internacionales que se han celebrado en periodos posteriores.
La Cumbre en Kyoto de 1997 (Convención Marco de las Naciones Unidas para el Cambio Climático) aprobó el conocido Protocolo del mismo nombre para la reducción de un 5% hasta 2012 de las emisiones de los principales gases que originan el efecto invernadero, sobre todo dióxido de carbono. Fue un primer paso de enorme importancia, aunque haya fracasado en gran parte de sus objetivos: muchos países, entre ellos algunos de los más contaminantes, no firmaron el tratado, y otros que como España sí lo hicieron, no han cumplido dichos acuerdos. Pero al menos Kyoto sirvió para poner de manifiesto la gravedad de una problemática que ha sido definida por muchos como “la más grave a la que se ha enfrentado nunca la Humanidad”.
Pasada más de una década, la Cumbre del Clima (Copenhague 2009) es la última y más importante de las reuniones globales destinadas a afrontar la problemática del clima y sus efectos sobre las poblaciones humanas. Independientemente de la interpretación de las resoluciones de la misma, es significativo el esfuerzo por afrontar de una vez por todas cuestiones como la compra de derechos de emisión, la revisión de los niveles de emisión de gases o la globalización de un problema que termina afectando tanto a los países en vías de desarrollo –por lo general menos contaminantes- que abogan por sus necesidades de crecimiento, frente a las de los países más industrializados, que se debaten entre el mantenimiento de su propio desarrollo económico y la necesidad de preservar unos niveles mínimos de calidad medioambiental. De la aplicación real de los resultados de Copenhague depende en gran medida el rumbo inmediato del problema en su dimensión global, una cuestión que afecta a todo el Planeta y que cada vez más, se está expresando en su verdadera magnitud.
Manuel Merchán
Doctor en Ciencias Biológicas
por la Universidad Complutense de Madrid

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