
Entrevista a Gerardo López Sastre
Nos acercamos en esta entrevista a un filósofo interesado en la universalidad de los ideales democráticos, derechos humanos y su relación con los valores propios en otras culturas. Enfocamos la
entrevista para que nos aclare desde su percepción humanista conceptos que manejamos habitualmente en el Tercer Sector.

Hablamos de la Educación para el Desarrollo. Pero si te sugiero la expresión cambiando la preposición; así Educación desde el Desarrollo; Educación en Desarrollo, Educación hacia el Desarrollo ¿Qué te sugeriría?
La verdad es que las etiquetas no son algo que me preocupe mucho. Lo que subrayaría es que hay que tomar en consideración la existencia de una especie de circuito de retroalimentación: por una parte la educación es un factor extraordinariamente importante en el desarrollo de cualquier sociedad; y a la inversa, cuanto más desarrollada esté una sociedad más consciente será de que necesita de la educación como una de las bases de su progreso y de su bienestar.
¿Cómo has llegado a involucrarte en la Educación para el Desarrollo? (EpD)
Los temas educativos siempre me interesaron mucho. De hecho, siempre soñé con ser profesor. Si a esto se añade el contacto con otras culturas, la experiencia de vivir en Asia oriental, … creo que la combinación estaba servida para que me interesara por la Educación para el Desarrollo.
Sin muchos rodeos, ¿Qué es para ti la educación para el desarrollo?
La educación que tiene como objetivo llegar a constituir un tipo de sociedad donde reine la justicia y un grado importante de bienestar económico y social generalizado a toda la población. Creo que sólo en este contexto podremos hablar de desarrollo humano, del despliegue del conjunto de capacidades que están presentes en nuestra naturaleza.
¿Qué es el “pensamiento global”? ¿corremos el peligro de que se convierta en “pensamiento único”?
Admitiendo que los conceptos necesitan siempre de definiciones precisas, de matizaciones en cuanto a su significado, etc, yo diría que “pensamiento único” suena a algo unidireccional y simplista. Y que en ese sentido lo que necesitamos es un pensamiento consciente de la complejidad de los problemas y de la diversidad de perspectivas que ante los mismos pueden adoptarse. El pensamiento para no traicionarse a sí mismo ha de ser más plural que único, y por eso el diálogo (el intercambio de razones) siempre es importante. Por el contrario, lo de “pensamiento global” tiene una resonancia muy positiva, parece hacer referencia a la idea de que formamos parte de un conjunto de relaciones que abarca a toda la humanidad, de tal forma que lo que ocurre en un lugar apartado del mundo también me afecta a mi, o que lo que yo hago afecta a los demás, y que esto es algo a tener en cuenta a la hora de decidir qué hacer o cómo comportarme.
¿Qué es para ti la solidaridad? ¿Hablamos de lo mismo cuando nos referimos a la filantropía?
Pienso que la solidaridad es algo así como un sentido latente de hermandad y la decisión de actuar en consecuencia. La idea, en suma, de que nada humano puede sernos ajeno. Por recurrir a un ejemplo, todos podemos entender que Hemingway pusiera al comienzo de Por quién doblan las campanas las palabras de John Donne: “Nadie es una isla, completo en sí mismo; cada hombre es un pedazo del continente, una parte de la tierra; si el mar se lleva una porción de tierra, toda Europa queda disminuida, como si fuera un promontorio, o la casa de uno de tus amigos, o la tuya propia; la muerte de cualquier hombre me disminuye, porque estoy ligado a la humanidad; y por consiguiente, nunca has de preguntar por quién doblan las campanas; doblan por ti.” ¿Son lo mismo solidaridad y filantropía? No lo sé muy bien. Es muy fácil enredarse con las palabras. Quizá, pero de una manera totalmente tentativa, diría que filantropía sugiere más la virtud del que da, mientras que la idea de solidaridad nos hace pensar también en la igualdad profunda de todos los seres humanos y en la equidad con que se nos debe tratar.
Frente a las dinámicas que genera el mercado: individualismo, consumo, modas, apariencia, triunfo,... ¿cómo quedan los valores tradicionales: honradez, honestidad, lealtad, solidaridad, etc.?
Es que si esos denominados “valores tradicionales” hubieran alguna vez estado verdaderamente vigentes la historia de la humanidad hubiera sido muy distinta.
Desde tu punto de vista de filósofo ¿Crees que, realmente, hay una “crisis de valores? ¿Es necesariamente mala esta crisis, entendida ésta como cambio?
Honestamente no me parece que haya tal crisis de valores. Mejor dicho, en cierto sentido siempre ha habido valores en crisis, porque vivir es cambiar, cuestionarse las propias creencias, criticarlas, etc. Con respecto a nuestra situación de crisis económica no soy nada optimista en cuanto a que vayamos a aprender algo de ella para reorientar nuestras prioridades personales o impulsar el cambio social. Más bien me da la impresión de que la van a pagar –como dice la expresión coloquial- “los de siempre”, los sectores más desfavorecidos de la sociedad, y que dentro de unos años estaremos repitiendo los mismos errores del pasado u otros parecidos.
Si hablamos de educación en valores surge la pregunta: ¿De qué valores hablamos? Porque, ¿son los valores convenciones humanas o por el contrario podemos hablar de valores naturales o si me permites el neologismo “metahumanos”?
Es un tema filosóficamente muy complejo, pero creo que puede afirmarse que determinadas propensiones que podemos llamar con toda precisión “morales” son naturales, en el sentido de que se encuentran en la naturaleza humana, igual que la capacidad para expresarnos a través de un lenguaje. Por poner un ejemplo que ofrece un filósofo de la antigua china, Mencio. Este habla de una persona que viera que un niño está a punto de caer a un pozo. ¿No experimentaría una reacción de espanto? El aprestarse a ayudarle sería algo inmediato, que no tendría nada que ver con la motivación de obtener el agradecimiento de los padres ni fama entre sus conocidos. Luego podemos concluir que quien está desprovisto de compasión, de la capacidad de simpatizar con los demás, no es verdaderamente humano. Es muy interesante comparar esta observación con las ideas de nuestra propia tradición ética, que ha insistido en lo mismo. Por ofrecer un ejemplo, y criticando a un autor que pensaba que la moral era una mera convención, Rousseau escribe en su Discurso sobre el origen y los fundamentos de la desigualdad entre los hombres: “Con placer vemos al autor de la Fábula de las abejas, forzado a reconocer al hombre como un ser compasivo y sensible, salir, en el ejemplo que de ello nos da, de su estilo frío y sutil, para ofrecernos la patética imagen de un hombre encerrado que percibe fuera a una bestia feroz arrancando del regazo de su madre a un niño, destrozando bajo su dentadura asesina los débiles miembros y desgarrando con sus uñas las entrañas palpitantes de ese niño. ¡Qué horrible agitación no experimenta ese testigo de un suceso en el que ningún interés personal tiene! ¡Qué angustias no sufre ante esta visión por no poder llevar ningún socorro a la madre desvanecida ni al hijo moribundo!”. Luego cabe concluir que alguien a quien no le afectaran los sufrimientos de los demás no es propiamente humano o está psicológicamente muy enfermo.
Se me ocurre que tal vez no estaría mal replantearnos la vuelta al aforismo aristotélico del “no estamos tratando aquí de saber qué es la virtud sino de volvernos mejores”.
Desde luego, pero también es verdad que si no tenemos un ideal de bondad que alcanzar nunca sabremos si estamos progresando, acercándonos al mismo o no. Ya que he hablado hace un momento de un pensador chino, permíteme que mencione también a Confucio. Este pensaba que la virtud suprema, que podemos traducir como “benevolencia” o “humanidad”, consistía en dos cosas. La primera el ser capaces de determinar cómo debemos comportarnos en relación con los demás utilizando el criterio de que lo que no quieras que te hagan a ti no debes hacerlo tú. Pero además necesitamos una segunda cosa, poseer la fuerza de voluntad necesaria para poner en práctica lo que hemos descubierto con el criterio anterior. Luego en el mundo de la moral necesitamos averiguar dónde está el bien y también ponerlo en práctica.
¿Qué opinas de la globalización?
Me gustaría insistir en los aspectos positivos de la misma. En el hecho de que hoy en día están a nuestra disposición casi todos los contenidos culturales que la humanidad ha producido. Tenemos una posibilidad real de viajar y de aprender de casi todo el mundo (incluso para muchas cosas incluso sin salir de nuestro salón, gracias por ejemplo a Internet y a la televisión). Y esto significa un aumento importante de nuestra libertad de elegir, y también claro está de nuestra responsabilidad.
¿Existe un peligro real de que la juventud de nuestro entorno globalizado acabe siendo una “masa” –en el sentido orteguiano de la palabra- atrapada en el “pensamiento único o incluso en el no-pensamiento?
Yo preguntaría a mi vez, ¿y ese peligro no afecta a los adultos? En todo caso, sería una pena, y por eso cabe considerar que este es el tipo de peligro que una buena educación ha de intentar combatir.
Nos acercamos en esta entrevista a un filósofo interesado en la universalidad de los ideales democráticos, derechos humanos y su relación con los valores propios en otras culturas. Enfocamos la
entrevista para que nos aclare desde su percepción humanista conceptos que manejamos habitualmente en el Tercer Sector. |

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